De todo lo que he leĂdo sobre La bola negra y su pase fulgurante por Cannes me quedo con esta frase de la crĂtica de Richard Lawson en The Hollywood Reporter: «A Ășltima hora, esta austera y sombrĂa competiciĂłn nos entregĂł algo vĂvido y vertiginoso, un aviso de que la exuberancia no es privilegio exclusivo de los blockbusters de Hollywood». Y añado este tuit del periodista David Opie: «Los Javis son los Ășnicos jueces de Drag Race que han ganado el premio a Mejor DirecciĂłn en Cannes».
Llevo tiempo poniendo bajo sospecha por igual a las normas que le imponen tanto al cine comercial como al que se diseña con el ojo puesto en los festivales de prestigio. Dos automatismos diferentes que condicionan el gĂ©nero, el casting, la fotografĂa y la distribuciĂłn de silencios. Dos mercados donde se consiente y hasta se fomenta la imitaciĂłn. Todos los cineastas vivos amenazados a punta de pistola sabrĂamos imitar las señas del cine palomitero y festivalero. Pero ninguno hubiĂ©semos rodado nada parecido a La bola negra, que precisamente parece ser las dos cosas a la vez.
Los escépticos y los despectivos, otra tradición también predecible, estån obligados a reconocer el mérito de Ambrossi y Calvo de inventarse lo suyo, de descubrir y asfaltar por su cuenta el sendero que va de Paquita Salas a La bola negra. Uno puede mirarse en muchos espejos si quiere ser cineasta, pero la hazaña de conquistar el gusto popular y elitista por igual ha exigido en cada ocasión resolver una ecuación nueva en la que se exigen toneladas de personalidad propia. Nunca habrå dos Wes Andersons, dos Sorrentinos ni cuatro Javis.
Nos llegan voces crĂticas que meten en un mismo cazo su cine, su casa, su aspecto, su vida sentimental y, por supuesto, su orientaciĂłn sexual. En realidad es un efecto secundario del mismo fenĂłmeno. Una nueva forma de ser cineasta incluye, en su caso, una nueva forma de ser famoso. La cultura japonesa lleva dĂ©cadas haciendo patria con figuras como Takeshi Kitano o Hitoshi Matsumoto, que son a la vez humoristas cochinos de Ă©xito masivo y directores de primera categorĂa a escala internacional sin que una identidad invalide la otra. En Occidente seguimos prefiriendo que todo nos resulte familiar y nadie se salga del tiesto. Nos tranquiliza que las mansiones sean para los futbolistas, los polĂticos y sus amigos. Que los gays se conformen con cierto trozo de la parrilla televisiva. Que los autores respetables no tengan cara de famosos y viceversa. Para mĂĄs de uno serĂa mĂĄs fĂĄcil celebrar estos dos años consecutivos de triunfo español en Cannes si los directores galardonados no fuesen, ademĂĄs, guapĂsimos.