Cultura

Tres horas del Ulises que merecemos

Tres horas del Ulises que merecemos

Estaba enfadado, enfadadísimo. "El cine péplum es largo, pero esto...". A mi amigo se le habían hecho eternas las tres horas de La Odisea, de Christopher Nolan. Como los troyanos desoyeron a Casandra, ignoré su pronóstico y fui a verla. Me encontré con una muy buena película: cine de aventuras clásico.

Este Ulises (Matt Damon) vive el periplo que todos conocemos, aunque por momentos el verdadero viaje sucede en su cabeza. Le consume no recordar su hogar, le consume el peso de la guerra. Este Ulises es un intenso. Es puro Nolan -como el protagonista sin recuerdos de Memento, como el Batman acosado por la culpa-, puro siglo XXI.

Pensé entonces en aquello que escribió Borges: la Odisea "cambia como el mar. Algo hay distinto cada vez que la abrimos". Tal vez, el periplo de Ulises cambie según la época en que se aborda.

Cada tiempo tiene el Ulises que merece.

Recordemos la versión cinematográfica de los años 50. Kirk Douglas es un Ulises pícaro, seductor. Amante de las tormentas, de las islas desconocidas. Sin prisa por volver a casa. "Aquella película dura dos horas. Y le da tiempo a todo", me recuerda mi amigo. Al cíclope, a las sirenas, a la bruja Circe. Hasta a la voluntariosa Nausícaa, olvidada por Nolan.

Rodada una década después de la Segunda Guerra Mundial, aquella versión no quiere recordar la batalla. Es colorida y voluptuosa. El héroe de posguerra busca la aventura permanente. Frente a los oscuros pretendientes de Penélope que filma Nolan, aquellos viven en eterna bacanal.

Hoy Ulises está atormentado por los horrores de la guerra. El hombre no solo regresa como un héroe, sino traumatizado. Circe ya no es una femme fatale (la bellísima Silvana Mangano seducía a Douglas en la versión de los 50), sino la mujer que, al explicar por qué convierte a los soldados de Ulises en cerdos, nos hace pensar en el ensañamiento que sufrieron los troyanos.

Lo que se interpone entre el héroe e Ítaca no es la ira de los dioses, sino él mismo y lo que ha hecho. En un mundo sin fe, los dioses han desaparecido (solo queda una etérea Atenea) y los conflictos son interiores.

Borges tenía razón: "Algo hay distinto cada vez que la abrimos".

Recuerdo entonces mi primera aproximación a la Odisea. No fue el poema de Homero ni la película de Kirk Douglas. Fueron unos dibujos animados franco-japoneses, Ulises 31. La Odisea era una nave espacial tripulada por Ulises; el cíclope, un robot gigante; y los dioses, alienígenas. Estábamos en los años 80, tiempos de la carrera espacial y de la fe infinita en el futuro. Merecíamos un Ulises que surcaba el espacio.

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