Cultura

Andrea Abreu: "La belleza es un derecho transversal, no un privilegio de clase"

Andrea Abreu: "La belleza es un derecho transversal, no un privilegio de clase"

Andrea Abreu (Icod de los Vinos, Tenerife, 1995) ha dedicado seis años a terminar una nueva novela después del fenómeno de Panza de burro (Barrett, 2020). No quería, explica "escribir por obligación ni alimentar una maquinaria que me exigiera entregar un libro cada dos años. Prefería esperar a que algo volviera a atravesarme". En Pajaritos preñados (Anagrama), ese algo fue una expresión de su abuelo, que terminaría siendo el título, una de esas imágenes imposibles que se quedan prendidas en la imaginación hasta que reclaman una historia. «Cuando una idea me atraviesa y no puedo entender los mecanismos que hay detrás o por qué me vuelve tan repetidamente una expresión, siento la necesidad de desengranarla, de saber por qué me atraviesa emocionalmente", cuenta por videollamada desde su casa en Tenerife.

"Al pensar en esta historia me pasaba una cosa muy física: se me encendía el estómago, me ilusionaba y a la vez me daba miedo. Yo tenía unos personajes que tenían que llegar a un punto determinado y, para ello, cada vez se me iban formando más ideas en la cabeza, hasta que al final salió una novela más larga". Esa frase de su abuelo acabó abriendo un universo donde la precariedad convive con la fantasía, la violencia con la ternura y la vida material con una imaginación que se niega a aceptar sus límites.

En el centro está Cathaysa, una adolescente que atraviesa un año de acontecimientos frenéticos, con la intensidad sentimental de una telenovela y la desmesura de quien todavía no sabe dónde termina el mundo. A su alrededor se despliega una comunidad de personajes que parecen condenados a tropezar con sus propias limitaciones. El Tiznado, su padre, es un hombre precario y contradictorio, capaz de imaginar futuros extravagantes mientras se precipita hacia sus propios fracasos. La chatarra, el dinero, el trabajo, el cuerpo y la humedad forman parte de su realidad inmediata, pero ninguno de los personajes se resigna a vivir únicamente dentro de ella. La fantasía no los libera de sus circunstancias, les permite seguir habitándolas.

"Yo soy heredera de esta poesía oral que es el habla cotidiana", reconoce Abreu, "y esa herencia no consiste únicamente en recuperar expresiones o reproducir una manera de hablar, tiene que ver con una forma de imaginar el mundo, con la posibilidad de encontrar belleza en lugares y vidas que suelen quedar fuera de las representaciones más prestigiosas", reivindica. El Tiznado encarna esa posibilidad de inventarse una vida más grande que la que le ha tocado, aunque sus sueños no lo salven necesariamente de sus errores.

La escritora no lo convierte en un héroe de los márgenes ni en una figura pintoresca, sino en alguien cuya imaginación resulta inseparable de las condiciones que lo cercan. "Es un personaje excéntrico, que busca el derecho a la mera belleza. Siento que la belleza es un derecho transversal, no un privilegio de clase. Todo el mundo, por muy pobre que sea, debe tener derecho a ella", sostiene.

Tampoco reduce Abreu a sus personajes a categorías morales tranquilizadoras. En Pajaritos preñados, las víctimas no son figuras perfectas a las que sólo les suceden desgracias, del mismo modo que quienes ejercen violencia no quedan explicados únicamente por sus actos. Cathaysa, la protagonista, padece violencia machista, pero también responde a ella de maneras que no siempre resultan ejemplares. "A diferencia de otras representaciones que he visto y en las que no me he sentido tan cómoda, ella no es solamente una víctima, también ejerce violencia, se defiende y se comporta de maneras inadecuadas. La humanidad de alguien no depende de que se comporten de una manera irreprochable", reflexiona.

"Quería retratar las violencias de la clase obrera sin convertir a las víctimas en seres perfectos. La humanidad de alguien no depende de que se comporten de una manera irreprochable"

La escritora quería retratar las violencias que atraviesan a la clase obrera sin convertir a quienes las padecen en seres moralmente intachables. "Lo que pretendía era hacer un retrato de esas violencias en el que la clase obrera cumpliera verdaderamente. Porque siento que a veces se plantea a la víctima como alguien redondo y perfecto, que sólo recibe la violencia, y eso nunca es tan simple. En mi libro todos los personajes reciben violencia y dan violencia". La novela no absuelve a nadie, pero tampoco olvida las condiciones en las que se forman los deseos, los miedos y las conductas. Sus personajes pueden ser crueles, mezquinos o contradictorios sin dejar de ser víctimas de un mundo que les ofrece pocas posibilidades de escapar de sí mismos. "La violencia que estoy representando es estructural, no es una responsabilidad individual".

La lengua, el idioma, es el instrumento que permite levantar ese mundo sin convertirlo en una estampa costumbrista. Desde Panza de burro, aquel debut que vendió más de 100.000 ejemplares, Abreu trabaja con las palabras, expresiones y ritmos del habla canaria, pero aquí la operación alcanza una dimensión narrativa más ambiciosa. No se trata sólo de que los personajes hablen de una determinada manera, la narración absorbe fragmentos de su oralidad hasta formar una suerte de coro, una conciencia colectiva en la que las fronteras entre las voces se vuelven deliberadamente porosas.

"El narrador es como un fantasma, al salir de los personajes se le quedan trozos de ellos, y al construir las escenas utiliza esos trozos, esa oralidad, para levantarlas. El narrador absorbe los detalles de los personajes", explica Abreu, a quien le interesa el estilo indirecto libre porque obliga a participar en la lectura, a orientarse entre las conciencias que se mezclan. "Me gusta esa capacidad que tienen los lectores de seguir la narración, aunque no les estés dando casi pistas a través de marcas, de guiones o de otras señales. Esa actitud activa y activante de la lectura me gusta y, como escritora, necesito llevarla a cabo".

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El lenguaje, apuntábamos, no es aquí un envoltorio ni una colección de palabras llamativas, sino una forma de conocimiento. Abreu llevaba años escuchando, recogiendo expresiones y observando cómo determinadas formas de hablar desaparecían cada vez más deprisa. "Estaba viendo que en Canarias esa pérdida se aceleraba cada vez más y me agobié. Entonces me dije, ya que vengo haciendo esto desde Panza de burro, voy a darle duro y hacerlo más fuerte", resume. No obstante, no quería que las palabras recuperadas aparecieran como piezas de museo. "No se trataba de hacer un libro con palabras extrañas metidas con calzador, sino de que estuvieran integradas en la normalidad de los personajes, que viven una historia compleja. No es una mera antropología, el trabajo de la historia y el del lenguaje tenían que combinarse, ayudarse entre sí".

Esa misma porosidad no se queda en el estilo, sino que atraviesa el universo de creencias de la novela. La Virgen de Candelaria convive con las brujas, el tarot, los ritos católicos, los perros metamorfoseados y las supersticiones que circulan por las casas y las calles tinerfeñas. No hay una frontera nítida entre lo que puede comprobarse y lo que los personajes necesitan creer. "Buena parte de nuestra historia, tanto en Canarias como en España, se ha heredado a través de ese sincretismo, de cómo vivimos los rezos en las calles conviviendo con figuras populares como las santiguadoras", explica Abreu. Lo sobrenatural no irrumpe para decorar una realidad reconocible, sino que forma parte de la manera en que esa realidad se interpreta, combinando los saberes heredados con las urgencias del presente.

Y es que, aunque transcurre a finales del siglo XX, Pajaritos preñados está atravesada por una angustia muy actual. La isla que habitan sus personajes parece encontrarse al borde de una transformación irreversible. El Tiznado imagina un futuro en el que los turistas compran el territorio, levantan hoteles y campos de golf y convierten el paisaje en algo irreconocible. "Quería trasladar a la novela la sensación de fin del mundo que tenemos ahora como sociedad", explica la autora.

"Cuando un territorio pierde sus formas de vida, sus palabras y sus modos de relacionarse, también pierde parte de su futuro"

"Siento que los personajes viven emociones muy parecidas a las que estamos viviendo nosotros, un poco apocalípticas, y me planteo a qué poderes les puede interesar fomentar esa sensación de que ya todo da igual, de que vamos a dejar perder las cosas porque el mundo se está acabando", reflexiona. Abreu reconoce que muchas de las decisiones narrativas nacen de "angustias reales y cotidianas" como la de que "el turismo se lo va a comer todo. La amenaza no es sólo la transformación del paisaje, cuando un territorio pierde sus formas de vida, sus palabras y sus modos de relacionarse, también pierde parte de su futuro", sostiene.

Después del éxito de su primera novela, decíamos, Abreu necesitó recuperar la intimidad y apartarse de la presión de publicar. "He tenido la suerte de que mi éxito me ha permitido dedicarme a escribir seis años, sin tener que apurarme o escribir artículos alimenticios, participar en festivales y todo eso", reconoce la escritora, que antes de aquel libro llegó a trabajar como periodista, oficio que define como "una buena escuela para un escritor".

Paladeando sin prisa la recepción de esta nueva novela, que lleva varias semanas entre las más vendidas, Abreu no sabe todavía qué territorio explorará en su próximo libro. Prefiere dejar que la siguiente obsesión encuentre su forma sin someterla a los ritmos frenéticos de la vida cotidiana. Como esos pájaros imposibles de su título, la literatura quizá consista precisamente en dar forma a lo que todavía no existe y, sin embargo, ya ha empezado a crecer. "Para poder seguir escribiendo tiene que ser divertido para mí, suponer un reto, o hacer que aprenda. Me gusta estudiar y aprender y me gustaría que mis libros fueran siempre un punto de aprendizaje para mí misma. Siempre hay técnicas diferentes, nuevas experimentaciones, y quiero buscarlas con calma", concluye.


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